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Chica maja

Cultura,Discurso,Personal,Sin categoría,Sociedad 29/06/2013 por aa

Esta semana rechacé un trabajo. Esto es algo que, dado mi carácter no tan secretamente puritano (en el sentido estricto del término), me resulta a la vez perturbador y liberador. Por suerte, puedo permitírmelo cuando las circunstancias lo justifican, y en este caso, lo justificaban plenamente: digamos que las condiciones eran tan míseras que le dije literalmente a mi contacto (que por lo visto se había comprometido con el cliente final sin consultarme) que su oferta era insultante. Pero lo que me gustaría destacar es la actitud de mi contacto: algo que supongo que habré presenciado en múltiples ocasiones, pero que esta vez sentí con mucha intensidad.

Básicamente, esperaba que fuera una chica maja y aceptara. Y digo “chica” porque su expectativa estaba claramente ligada a mi género.

Creo que es importante hacer notar que mi contacto era una mujer: y, de hecho, encuentro esta actitud principalmente entre mujeres. Mi madre, que es enfermera, se encuentra algo parecido con algunas pacientes que se ofenden cuando ella las trata de usted y se niega a entrar en cotilleos como si fueran amigas de toda la vida. Supongo que esta actitud podría describirse como la expectativa de que una mujer, por el hecho de serlo, va a “ser maja” e ir “de buen rollo” y básicamente ser incapaz de decir que no. Y si no cumple esta expectativa, inmediatamente es una borde como poco (a mi madre de hecho le pusieron una reclamación por no tratar de tú a una paciente y otra por no extender una receta que le pedían).

Creo que esta actitud es mucho más prevalente en los países anglosajones, donde tienen que vivir bajo el peso del tóxico concepto de nice. Nice es un término difícil de traducir con todos sus matices: se podría traducir como “majo, agradable, simpático”, pero tiene unas fuertes connotaciones femeninas que creo que no tienen sus análogos en español. Se puede decir que un varón es nice, por supuesto, pero un hombre definido como tal suena un poco flojete y casi capado: describir a un potencial ligue varón como nice es algo así como decir que una chica es una bellísima persona (sólo que en español esto último es traducible inmediatamente como que la chica es fea, mientras que un chico nice es básicamente un muermo). Existe además todo un discurso cultural sobre los “Nice Guys” que acaban los últimos y las chicas no los quieren: el término se usa ya incluso para referirse a hombres que esperan que, simplemente por tratar a una mujer más o menos como a un ser humano, tienen derecho a acostarse con ella.

La cuestión es que en los países anglosajones existe en general una expectativa muy fuerte de que una mujer debe ser nice: básicamente, aversa a la confrontación, dispuesta siempre a calmar las aguas, simpática con todo el mundo en todo momento independientemente de sus propios sentimientos, etc. La asimetría esterotípica (pero bastante exacta) es que cuando un hombre mantiene su postura con cierta fuerza, está siendo masculino, firme, resuelto, asertivo. Cuando una mujer defiende sus opiniones de este modo, está siendo chillona e histérica (shrill and hysterical, dos términos asociados muy estrechamente con las mujeres. Hilary Clinton los conoce bastante bien).  He expresado en alguna otra ocasión mi opinión de que en los países anglosajones existe, irónicamente, una historia de misoginia social mucho más intensa que en los países hispánicos (en el caso de Australia y su ex-primera ministra, es grotesco).

Así que creo que por estos pagos la situación no es tan mala. Pero aun así, de vez en cuando te encuentras con esta expectativa de que si eres una mujer, vas a ser una buena chica y no llevar la contraria – sobre todo, como dije, entre mujeres. Generalmente son mujeres las que esperan que, por el mero hecho de tener el mismo tipo de genitales, te comportes como si estuvierais en la misma pandilla de adolescentes y fuerais superamigas. Y una característica definitoria de las pandillas adolescentes es la indefinición de los límites personales. En su ansia por “encajar”, las niñas suelen subsumir sus propias preferencias y personalidades, “adaptándose” al grupo (a menudo ni siquiera es necesario que exista una líder clara: las dinámicas de grupo se generan solas). Y esto quiere decir, por supuesto, que es muy complicado decir que no.

En la conversación que mencioné al principio, mi interlocutora repitió varias veces la misma petición – “haz esto” – de distintos modos, porque parecía que no podía creerse que estuviera diciéndole que no. De modo interesante, apeló a la culpa – pero hiciste esto en otra ocasión con las condiciones X – a lo cual mi respuesta, lógicamente, fue que el que haya hecho algo en el pasado (y, en este caso, como un favor) no quiere decir que lo vaya hacer siempre. Apeló a la negociación – ¿aceptarías hacerlo bajo estas condiciones (mínimamente mejoradas)? Se quejó de que ya se había comprometido y le estaba haciendo una faena (respuesta obvia: te comprometiste sin consultarme. No es mi problema).

Y así una y otra vez, hasta que tuve que repetir el monosílabo varias veces, tal cual – No. No. No. No. Sólo entonces pareció entender, con clara incredulidad, que no, no iba a hacer lo que me pedía. E inmediatamente su tono adquirió ese filo de eres un pedazo de zorra.

En los países anglosajones parece existir la asunción social inconsciente de que, por así decirlo, ser nice es el alquiler que pagas por ser mujer (otro alquiler similar es ser pretty). Creo que en España esta renta que se espera que pagues por ser mujer consiste en una especie de deber femenino de ser complaciente, particularmente con respecto a otras mujeres. El hecho de que mi interlocutora claramente intentara hacerme sentir culpa es bastante indicativo de los presupuestos subyacentes: como si yo le debiera algo.

Puede que sea sólo mi experiencia personal, pero raras veces he encontrado esta expectativa por parte de hombres (en una ocasión memorable, por parte de un cliente extremadamente pasivo-agresivo que sospecho que es un depresivo crónico). Más bien, mi experiencia es que, en cuanto demuestras un cierto grado de competencia y profesionalidad, los hombres en España tienden a tratarte como, bueno, un hombre más (en el sentido neutral del término: es decir, no como alguien que requiere un tratamiento especial por ser mujer). Y no se sorprenden si muestras firmeza o contundencia, o si les dices que no. Pueden tomárselo mal o cabrearse, obviamente, pero no lo interpretan como algo contra natura. Después de todo, ellos lo hacen todo el rato.

La familia de mi madre proviene de Cáceres, conozco Trujillo muy bien, y confieso que algunos de mis role models tienen que ver con esa parte de mi historia. Así que, cuando percibo en mí alguna reticencia a “ponerme desagradable”, rompiendo la expectativa de ser maja, en mi propio detrimento (porque es insidiosa, y se acaba internalizando), tiendo a pensar “¿qué haría Pizarro?” (O, si quiero ser algo más sutil, “¿qué haría Cortés?”). Puede que la estrategia sea excesiva, pero a mí me sirve. Sólo tengo trece hombres y un cañoncito de juguete. Pero no me toques los cojones, Atahualpa.

Lo cual, soy consciente, es muy políticamente incorrecto. Pero creo que desarrollar cojones metafóricos – o, si lo prefieren, recurrir a nuestro lado masculino – es algo que las mujeres debemos hacer urgentemente. Se habla mucho de que los hombres deben volverse más femeninos y prestar más atención a sus aspectos emocionales, intuitivos, de relaciones humanas, etc. Pero no se suele mencionar el otro lado de la moneda – que las mujeres también deberían emplear sus cualidades “masculinas” de contundencia, determinación, seguridad, firmeza. E incluso agresividad cuando es necesario. Incluso – particularmente – frente a otras mujeres.

Y no, no es necesario el cañón.

11 comentarios to “Chica maja”

  1. Yo iría más allá de la cuestión de género. Es una cuestión de poder. Si una persona se ve en posición de poder frente a otra –tiene acceso a un cliente, es mayor y cree que eso le otorga poder sin más, está enferma y cree que eso le otorga poder sobre su cuidador–, estará tentada de recurrir a tácticas de este tipo. Si eres chica te dirá que esperaba que fueras una chica maja, si eres chico te dirá que esperaba que te enrollaras y si eres joves te dirá que esperaba que fueras más educada. Hay que aprender a decir que no, ahí estoy de acuerdo contigo y, en general, aprender técnicas para llevar las situaciones al plano en que un adulto está frente a otro adulto y no hay mecanismos de poder de en medio.

    Como siempre, un placer leer tus reflexiones.

  2. Muchas gracias, Bianka :)

    Completamente de acuerdo contigo en que es una cuestión de poder, pero creo que el ejercicio del poder toma distintas formas según las variables en juego, tipo género, edad, raza, clase social, idioma, etc. (Creo que es lo que llaman “transversalidad”). Aunque estoy bastante segura de que si hubiera sido un hombre habría tardado bastante menos en subir su oferta.

    Me gustaría aclarar que no creo que esto sea una expresión de “machismo” (que me parece una noción demasiado simplista). Más que nada, me interesó por todos los presupuestos culturales inconscientes que se estaban poniendo en juego en una conversación de unos cinco minutos. Y por el hecho de que culturalmente parece que el modo estándar “femenino” de ejercer poder entre mujeres es a través de la culpabilización.

  3. Y de repente un post muy personal. Puedo preguntarte cómo supiste que su expectativa estaba ligada al género y no a otros tipos de expectativa?

  4. Bueno, lo personal es político, que decían.

    El modo de hablar, el tipo de lenguaje, el tono de voz (por ejemplo, la cantidad de diminutivos utilizados: las mujeres usan más, y usan más cuando hablan con otras mujeres que cuando hablan con hombres). Y es una manía mía, fijarme en los registros que usa la gente para hablar con según quién.

    Por supuesto, es una apreciación personal, y me pude equivocar, y puede que esta persona hable así con todo el mundo. Pero lo dudo mucho.

  5. Muy buen post. ¿Hernán Cortés role model? Llamativo, sobre todo con su leyenda negra a cuestas.

  6. Dos palabras: Guerras Floridas.

    Y como dije, cuando te crías pasando bastante tiempo en un lugar donde hablan de Pizarro & co. como del primo Paco de toda la vida, tienes otra perspectiva. Amamantados por la cerda indeed.

  7. Yo diría que la cultura del no entre las mujeres ha estado tradicionalmente muy desarrollada. Aunque concerniera especialmente a los aspectos amatorios. Tanto era así que el hombre debía ser capaz de desentrañar (por el tono de voz, un gesto u otro indicio semiótico) cuando ese no era un no, un quizá o hasta un sí. No querría frivolizar ni especular absurdamente sobre el tema, pero ¿es posible que esta mujer sintiera tu rechazo de forma similar al rechazo de un llamemos pretendiente masculino? Según esta interpretación ¡sería ella la más masculina de las dos! Fíjate que quiso asegurarse sobre si tu no era un no de veras, como sucede a menudo en las relaciones de pareja.

  8. Ah no, la cultura del no de las mujeres a los hombres tiene una larga historia (sobre todo en cuestiones sexuales, y por motivos obvios: si una mujer se quedaba embaraza en circunstancias no estándar, se hundía la vida). Y luego, como dices el jugueteo con los matices y el “no pero sí”, etc. (El grado de ingenuidad de las feministas estadounidenses decían que “no siempre quiere decir no” era pasmoso).

    Es posible que esta mujer me estuviera “cortejando”, pero no creo. La principal carga emocional era la culpabilidad (“¿cómo me dejas con el culo al aire?” “otras veces lo hiciste”, etc.) Y aunque hay ejemplos de hombres intentando conseguir favores de mujeres a base de culpa (tipo “me voy a la guerra mañana y podría no volver”), no son muchos y no suele funcionar.

    Y aparte, tú me has oído hablar. No creo que mi “no” pueda considerarse ambiguo, normalmente.

  9. Bueno, pero ten en cuenta que esa cultura del no abarcaba otras muchas cosas además del sexo: un paseo juntos por la calle mayor, dejarse invitar a una horchata o darle un recatado beso en la mejilla. La mujer siempre tenía a punto el no.

  10. Sí, pero creo que la connotación era siempre que empiezas por una horchata y acabas a saber dónde.

    Mi madre decía que en los bailes de su colegio cuando eran niñas e invitaban a los niños del colegio de curas (estoy hablando de 12 años), las monjas decían constantemente “que corra el aire, que corra el aire” para que no bailaran demasiado pegados. Le dejas a un niño tocarte el codo y acabas en el hogar de jóvenes descarriadas fregando los suelos.

  11. [...] del post del otro día sobre tácticas femeninas de persuasión, Carlos de ADN fue tan amable como para recordarmeeste anuncio de Balay, en el que habla sobre su [...]

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