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Ulises y los monos

Cultura,Pensamiento,Psi,Sociedad 11/04/2013 por aa

Los premios Príncipe de Asturias son una institución curiosa. Su principal criterio parece ser galardonar a alguien que les haga parecer “relevantes”, o “en la onda”, o “de actualidad”, o algo así, y por lo general sus esfuerzos son un poco como el tío sesentón que se lanza a bailar la lambada en una boda (aunque a veces dan sorpresas, como con Margaret Atwood). Por eso no me sorprendió nada que este año dieran el Premio de Investigación Científica y Técnica a Jane Goodall.

Después de todo, los simios (o más bien la concepción de los simios como nuestros primos u oscuro espejo animal) llevan siendo un tema “de actualidad” desde los estudios con Washoe y otros chimpancés gesticulantes en los años 70. Cuando Sigourney Weaver encarnó a un nuevo avatar de la sargento Ripley como Santa Diane Fossey en Gorilas en la niebla el tema ya era antiguo. Es decir, los simios son un tema de actualidad igual que internet y los móviles son “las nuevas tecnologías”, como tanto les gusta decir a las instituciones oficiales y al telediario.

Pero lo diré de entrada. Estoy hasta las narices de los simios y de las interpretaciones que les endosan a los pobres bichos. Como lingüista, estoy harta de las burradas que se dicen sobre la capacidad lingüística de los chimpancés (no, los monos no hablan. Ni las ballenas. Ni los delfines. Ni los loros. Ni los ornitorrincos. Y no, tampoco tienen capacidad conceptual). El Proyecto Gran Simio y la igualdad animal me parecen sentimentalismos y un flojera intelectual y científica bastante patética. (Y Jesús Mosterín que iba tan bien hablando de los lógicos…) Y Peter Singer me parece francamente que raya en lo criminal.

Algún día les explicaré todo esto con más calma. Pero de momento ¿esto a qué viene? Viene a que hoy mi sobrino recibió este libro (que le envié yo):

Ésta es la versión inglesa de un libro que mi hermana y yo teníamos de pequeñas, y se lo mandé a mi sobrino porque era uno de nuestros favoritos, y porque le teníamos cariño, y porque a mi hermana le iba a gustar tanto como a él. Mi sobrino tiene dos años y medio, vive en Bélgica, y todavía no habla muy bien del todo (escucha varias lenguas en casa y en su entorno todos los días). Últimamente, tiene cierta obsesión con quiénes son “los buenos” y quiénes son “los malos” en cualquier película o historia que ve (sus padres, hago notar, no son religiosos). Me dice mi familia que cuando vio la portada del libro (que representa a la monstruosa Escila), dijo inmediatamente “¡Malo!” Y enseguida exigió que le contaran el cuento una y otra vez, mientras iba señalando quiénes eran los buenos y quiénes los malos. Por lo visto, hace un rato estaba pinchando a su abuela en el culo con una espada de plástico, imitando a Ulises (no sé si es que mi madre estaba haciendo del cíclope).

Y me quedé pensando en la escena. Un crío de dos años y medio que ni siquiera domina el lenguaje del todo es capaz de entender el sentido de una historia que ha pervivido como poco unos tres mil años. Tiene juicio moral e identifica perfectamente a los buenos y los malos de la historia. Es capaz de emular al héroe con una espada de juguete (y fíjense en lo chocante de la idea: una espada, un arma obsoleta, como un juguete en el s. XXI, y encima de plástico)*. Y, tal vez para mí lo más alucinante de todo, puede echarle un vistazo a una serie de rayas y manchas de colores impresas en una página y reconocer que representan algo, una mezcla de ser humano y serpiente. No sólo esta criatura no existe, sino que además él nunca ha visto una serpiente real ni a un ser humano morado ni mucho menos a la mezcla de ambas cosas. Y además se da cuenta de que eso que representa (que nunca ha visto antes, que no existe) es un monstruo, y que los monstruos son malos. CON DOS AÑOS Y MEDIO.

A esa edad los chimpancés, con suerte, están sacando hormigas del suelo con palitos.

No tengo nada contra los pobres micos, entiéndanme bien. Creo que es importante entenderlos y protegerlos, y por supuesto creo que es importante evitar la crueldad contra los animales, aunque sólo sea por nosotros mismos (porque tratarles bien es tratarles de modo humano). Y antes de que nadie me diga nada, por supuesto que creo que la teoría de la evolución es básicamente correcta y que los seres humanos descendemos de otras especies igual que los animales (aunque también creo que en el caso de la especie humana interviene ya la coevolución cultural, y ése ya es otro cantar…)

Pero creo que a veces nuestra comprensión de la ciencia se queda en modas y clichés fáciles y sentimentaloides, y proyectamos nuestros propios fantasmas y obsesiones sobre criaturas que no deberían ser antropomorfizadas** (entre otras cosas, porque son interesantes en sí mismas). Es muy bonito y muy políticamente correcto hablar del gran círculo de la vida y de cómo los seres humanos somos unos violadores de la Madre Gaia y chorradas semejantes***. Y nos quedamos fascinados con paternalismos facilones, diciendo falacias inútiles que no nos sirven ni a nosotros ni a los animales que somos incapaces de ver como tales. Y, lo que es peor, se nos olvida lo asombrosos que somos nosotros.


*Fíjense en cómo los críos pequeños dibujan la típica “casita” (tejado rojo a dos aguas, varios pisos, pared blanca, jardín con valla, árbol) que normalmente no tiene nada que ver con su propia casa (por lo general un piso). Igualmente, los críos actuales nunca han visto una espada de verdad (al menos, en funcionamiento) ni un lobo de verdad. Y sin embargo, el poder mitológico de las espadas y los lobos sigue siendo el mismo que en épocas remotas.

**Creo que éste es el principal pecado tanto de Goodall como su predecesora Fossey. Sin entrar en ataques ad mulierem, me limitaré a decir que guardaban una relación demasiado estrecha, antropomorfizante, y, diría yo, insana con los sujetos de sus observaciones que habría sido completamente inadmisible en el caso de antropólogos estudiando a comunidades humanas. O sea, creo que Goodall y Fossey, como casi todos los investigadores que trabajan con simios y otros animales, proyectan sus propios deseos y prejuicios sobre los animales.

***Véase Avatar (también conocida como Pitufos Gigantes en el Espacio) como un ejemplo reciente de esto.

PS Aunque a lo mejor Eddie Izzard tiene razón y en realidad los chimpancés llevan años hablando con un acento británico de clase alta y llamándose Samantha.

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