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Cuestiones sobre la narrativa (y 3): imaginario y simbólico

Discurso,Pensamiento,Psi 05/04/2011 por aa

Para tratar de resumir en cierto modo el (largo) argumento de los dos posts anteriores: existen dos procesos básicos en el funcionamiento del lenguaje y del pensamiento. Uno de ellos es el proceso por el que los elementos se ordenan en una sucesión espacial y temporal; el otro es el proceso por el que los elementos se agrupan en categorías abstractas, definidas según un cierto criterio, y cada uno de cuyos elementos es susceptible de ocupar una misma posición. Jakobson argumentó que el primer proceso – que denominó metonímico, o sintagmático – es característico de la narrativa(específicamente la novela realista), mientras que el segundo proceso – que denominó metafórico, o paradigmático – es más propio de la poesía (aunque evidentemente no existen formas “puras”, puesto que todo fragmento de lenguaje requiere la interacción de ambos procesos).

Jacques Lacan argumentó además que, aunque el primer proceso – la metonimia – es el más fundamental y antiguo en el desarrollo, la sustitución continua de elementos significantes en que consiste el segundo – la metáfora – hace posible el paso a la abstracción propia de la especie humana. Esto está relacionado con la distinción que establece Lacan entre dos órdenes de la experiencia humana, lo imaginario y lo simbólico, que describiré ahora.

Como denota su nombre, el ámbito de lo imaginario está relacionado con la imagen. La idea es que cuando un bebé humano prelingüístico llega a un cierto grado de desarrollo, empieza a ser capaz de reconocerse en el espejo (o, si no hay espejos, a reconocerse en otros seres humanos que lo rodean). El bebé incorpora así una imagen de sí mismo como corporalmente completo, como una unidad autónoma, mucho antes de ser capaz de controlar su propio cuerpo. Lacan describe esta experiencia como “de júbilo”, pues el niño celebra con alegría y fascinación su identificación con su imagen, que percibe por primera vez de manera completa. Esta fase (que Lacan llama el estadio del espejo) es el comienzo de la constitución del “yo” de la persona, y que curiosamente se basa en la identificación de la forma del semejante como forma total, en la unificación imaginaria.

El ámbito de lo simbólico, en cambio, tiene que ver con la ley. Lacan argumenta que no basta con tener una imagen de uno mismo basado en la propia imagen corporal (y, en último término, del otro como semejante). En un momento dado del desarrollo normal del niño (que coincide aproximadamente con el momento en que empieza a ser capaz de utilizar el lenguaje), el niño percibe cómo la unidad madre-hijo se ve cortada por la intervención externa de una tercera parte (generalmente el padre) que establece los límites del y para el niño: esto es lo que Lacan denomina la función paterna.

Simplificando mucho: el orden imaginario tiene que ver con la imagen y con la identificación con el otro como semejante; el orden simbólico tiene que ver con la ley y el lenguaje y con la existencia de un Otro (como lo escribe Lacan) preexistente. Donde el orden imaginario hace posible el “meterse en el pellejo” del otro como semejante mediante la identificación, el orden simbólico enfatiza el carácter ajeno y extraño al propio ser del Otro que marca los límites.

¿Esto qué tiene que ver con la metáfora y la metonimia? Bueno, la identificación imaginaria con el otro puede verse como un proceso esencialmente de contigüidad metonímica: me identifico con el otro que está delante mío, que – tal como yo percibo – tiene características semejantes a las mías, que es como yo (o eso me creo yo – como lo describe Lacan, el ámbito de lo imaginario es el ámbito del señuelo, del engaño). De hecho, creo que se podría ir tan lejos como para afirmar que existe un fuerte componente metonímico a toda la experiencia puramente sensorial, en tanto que tiene que ver con la continuidad de la experiencia empírica: lo estoy viendo, lo estoy tocando, lo estoy oyendo – es decir, hay una continuidad entre mí y lo que estoy percibiendo. (De ahí, creo, la certidumbre con que se suele atribuir realidad a la evidencia de los sentidos, que suele resultar engañosa).

Por otro lado, el propio Lacan asocia el orden simbólico y la metáfora, describiendo la función paterna como la “metáfora paterna”. De nuevo, el concepto es muy complejo, pero la idea básica es que la ruptura de la fusión imaginaria que implica la irrupción del orden simbólico hace posible distinguir entre significante y significado – es decir, hace posible el pasar de los signos a los símbolos. (Mientras que el signo tiene un significado percibido como único, estable, e inherente, el símbolo no tiene un significado inherente, sino que es múltiple, inestable, y puede cambiar. Los animales tienen sistemas de comunicación basados en signos; los seres humanos tienen el lenguaje, basado en símbolos). De este modo, mediante la metáfora (por la que un significante en último término puede tener cualquier significado), el orden simbólico hace posible pensar que no todo es lo que parece, que hay una separación entre lenguaje y realidad, que aunque el otro parezca semejante a mí, es otra persona – realmente otra, es decir, esencialmente no-yo.

¿Y qué tiene que ver todo esto con la narrativa? Bueno, como ya he dicho, la estructura de lanarrativa parece ser esencialmente metonímica en tanto enfatiza la secuencia y la temporalidad (y entonces… y entonces… y entonces).  Pero obviamente cualquier fragmento de lenguaje tiene una secuencia en el espacio y en el tiempo, y una narrativa puede tener fuertes elementos metafóricos, de distintas maneras. De igual manera, ni lo imaginario ni lo simbólico pueden existir de modo aislado: lo puramente imaginario lleva al engaño de verlo todo desde el propio punto de vista, proyectándose a uno mismo sobre los demás; mientras que lo puramente simbólico resulta frío y árido e incluso inhumano si uno no puede “apropiarse” de ello en cierto modo, si no puede relacionarse con ello a través de la identificación imaginaria.

Lacan otorga al orden simbólico una cierta supremacía sobre el imaginario porque considera que el primero es más propio de la especie humana. Pero lo cierto es que también considera que el orden imaginario está siempre teñido por el orden simbólico (y creo que a la inversa). Un ejemplo muy claro que da de algo relacionado de forma muy fuerte con el orden simbólico es el ámbito de las matemáticas, que tienen poco que ver, en su esencia, con lo empírico o con la experiencia humana: al hecho de que dos más dos sean cuatro se la sopla lo que opinen las personas – de hecho, seguiría siendo verdad aunque no existieran seres humanos. Pero una persona llega a las matemáticas en parte a través de su propia experiencia imaginaria: cómo las ve, qué significan para él, cómo se identifica con algún matemático, etc.

Volviendo a la narrativa. Es llamativo que las grandes narrativas de nuestra época – las películas – sean algo que genera fuertes emociones, y creo que esto se debe a que facilitan mucho la identificación a través de la imagen (creo que de ahí también, por ejemplo, el hecho de que tanta gente proyecte sus propias emociones sobre los actores, como si confundieran a la persona real con el papel que representa, y al actor/personaje y su historia con ellos mismos y su propia historia. Véase: por qué Angelina Jolie es un zorrón odioso para tantas mujeres). Y de hecho creo que las narrativas en general son un instrumento muy bueno para la identificación. Una comunidad se basa en la identificación que existe entre sus miembros – los miembros de una comunidad tienen todos algo en común, son parecidos, cada miembro es como todos los demás miembros en algún aspecto. Y de hecho se dice con frecuencia que una comunidad se basa en las historias comunes que comparten sus miembros y que los unen: piensen en las historias y anécdotas familiares, las narrativas míticas, las vidas de santo de la religión, las historias fundacionales de los estados. En el ámbito del marketing últimamente está muy de moda el storytelling, el contar historias, para lograr la identificación del cliente con la marca; igualmente, en el ámbito de la empresa en general, se emplea la narrativa como modo de “dar sentido” a la experiencia de sus trabajadores y en cierto modo lograr que se identifiquen con el proyecto empresarial. En este sentido, no creo que pueda haber comunidad sin narrativa (incluso la comunidad científica, con uno de los discursos más simbólicos que hay, tiene sus mitos de fundación y sus héroes), porque la narrativa proporciona la necesaria cohesión imaginaria entre sus miembros.

Esto está muy bien. Pero la cuestión, creo, es que la excesiva identificación con el otro lleva a la alienación (si yo soy como el otro y el otro es como yo, no está muy claro quiénes somos ni yo ni el otro) y al engaño. Porque una historia nunca es la única historia – siempre hay relatos alternativos, otros puntos de vista. Pero si nos identificamos con la historia que nos contamos o que nos cuentan, corremos el riesgo de percibirla como la realidad.

Y ahí es donde entra la metáfora, o el orden simbólico: para recordarnos que el significado no es fijo ni único ni estable, sino ambiguo, múltiple, y movedizo. Para recordarnos que el otro es otro, que haycosas más allá del alcance de nuestros sentidos, que hay límites.

La narrativa es necesaria, porque la identificación y la empatía y la comunidad son necesarias. Pero creo que hay narrativas mejores que otras (igual que hay imaginarios mejores que otros, y arte mejor que otro). Y creo que una narrativa será mejor en la medida en que incorpore elementos metafóricos, es decir, elementos que remitan a otros elementos ajenos a la narrativa, que fijen la narrativa en un mundo mayor que el universo de la historia que está contando. En este sentido, por ejemplo, creo que son absurdas las tesis que equiparan el discurso científico con los mitos de creación. En ambos casos se trata de narrativas, cierto: pero el discurso mitológico y religioso crea un sistema cerrado y autosuficiente para dar una explicación de la realidad, mientras que el discurso científico se caracteriza porque se cuestiona a sí mismo constantemente, porque es consciente de que está en continuo cambio, introduciendo así un elemento metarreferencial y metafórico. (Y aparte, la cienciafunciona, es decir, tiene efectos bastante directos sobre la realidad, posiblemente porque tiene este elemento de referencia continua a algo desconocido, ajeno a su propio discurso).

Hay dos frases que me vienen a la cabeza en relación a esta tensión perpetua entre lo imaginario y lo simbólico en la que parece que nos debatimos los seres humanos. Una es de T.S. Eliot, de losCuatro cuartetos: “la humanidad / No puede soportar mucha realidad”. Creo que esto se puede interpretar de dos modos. Por un lado, los seres humanos somos ajenos a la experiencia animal del mundo, más “directa”, porque, partir de cierta edad, los humanos dejamos de ser animalitos y pasamos a complicarnos la vida con lo imaginario y lo simbólico (de ahí vienen, creo, todos los mitos de la caída, la salida del Edén, la inocencia perdida, etc.) Y por otro lado, con demasiada frecuencia usamos lo imaginario para construirnos nuestras propias narrativas de identificación y no salir de ese discurso, negándonos a ver la diferencia, lo que no encaja con nuestra imagen del mundo.

Y ahí me viene otra frase, ésta de Iris Murdoch, en “Contra la sequedad”. En este ensayo, Murdoch argumenta que “frente a la fácil idea de la sinceridad, necesitamos la dura idea de la verdad”. La sinceridad conlleva la identidad de uno mismo con uno mismo, la identidad del “yo”, que – según arguye Lacan – en último término se basa en la confusión entre el otro y yo. La idea de la verdad, en cambio, tiene la implicación de que hay algo más allá de mí, ajeno a mí, siempre en parte desconocido, y que en último término es el duro límite contra el que acaban dando todas mis narrativas y fantasías.

Y por eso creo que la narrativa está muy bien y es necesaria: pero que hay narrativas mejores que otras, y que una buena narrativa debe tener siempre en cuenta el elemento metafórico, o simbólico – en último término, el duro límite de la verdad.

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