Post

Narrativas maestras: la violencia de género

Sin categoría 28/03/2011 por aa

Estoy leyendo bastante sobre gestión del conocimiento en organizaciones. Y una de las cosas que se suelen repetir con más frecuencia es que es importante estructurar el conocimiento en forma de narrativas, para que se asimile mejor. Y desde luego es cierto que la narrativa es algo ancestral y bastante fundamental de la especie humana, que los seres humanos comprendemos mejor las cosas cuando se nos presentan bajo la forma de historias. Pero también estaba pensando en la duplicidad inherente a la noción de “contar historias”, y cómo esto se manifiesta en lo que se pueden denominar las narrativas maestras de una sociedad. Y me voy a meter en camisas de once varas, pero estaba pensando en el ejemplo concreto del maltrato a una mujer por parte de un hombre dentro de la pareja – lo que se ha tipificado legalmente en España, creo que de modo bastante perverso, como “violencia de género”.

Una narrativa maestra o metanarrativa se define como “una narrativa transhistórica que está profundamente incrustada en una cultura particular”, donde una narrativa es “un sistema coherente dehistorias interrelacionadas, organizadas secuencialmente, que comparten el deseo retórico de resolver un conflicto estableciendo las expectativas de la audiencia según las trayectorias conocidas de su forma literaria y retórica”:

Las narrativas maestras son elementos clave de la cultura y la vida cívica. Proporcionan a los individuos y las comunidades explicaciones de quiénes son, de dónde vienen, qué creen, y por qué lo creen, y ofrecen expectativas para el comportamiento y los objetivos con el fin de llevar una vida buena, adecuada, justa, honorable, o recta.

El problema de las narrativas maestras es que, precisamente para ser maestras – es decir, para ejercer su dominio discursivo en el ámbito de una sociedad – han de ser excluyentes, marginalizando las historias que puedan contradecir los esquemas y secuencias que codifican. Lyotard afirmaba que la condición postmoderna consiste en el escepticismo frente a las metanarrativas – y éste es uno de los motivos por los que yo soy personalmente escéptica frente al postmodernismo: porque me parece que las metanarrativas siguen vivitas y coleando, e incluso tal vez tienen más fuerza que nunca. Así, y como decía, considero que la noción de la “violencia de género”, según se ha tipificado legalmente y según se propaga y conceptualiza en los medios en la sociedad española contemporánea, constituye un ejemplo evidente de narrativa maestra.

Técnicamente, la noción de violencia de género refleja la violencia ejercida contra otra persona por pertenecer al género al que pertenece. En este sentido, se habla tanto de violencia contra el hombre como de violencia contra la mujer. Sin embargo, en España el sentido de la violencia de género por lo general se suele restringir a la violencia ejercida, dentro del seno de la pareja, por parte de un hombre hacia una mujer.

La metanarrativa de la violencia de género así entendida tiene una estructura bastante sencilla: un hombre (y siempre es un hombre) ejerce violencia sobre una mujer (y siempre es una mujer). Esta violencia es en su mayor parte física, llegando en ocasiones a la muerte; aunque de un tiempo a esta parte se está extendiendo también a la violencia psicológica. La estructura causal y de culpa es igualmente sencilla y unívoca: el hombre es siempre y únicamente el verdugo, y culpable, mientras que la mujer es siempre y únicamente la víctima, e inocente. Como lo define el propio Ministerio Sanidad, Política Social e Igualdad:

La violencia de género nace de la desigualdad y las relaciones de poder de los hombres sobre las mujeres, y se ejerce por quienes sean o hayan sido sus cónyuges o estén o hayan estado vinculados a ellas por relaciones afectivas, aún [sic] sin convivencia.

A primera vista, lo más llamativo de esta metanarrativa es su propio nombre: “violencia de género” parece prestarse a la inferencia de que (dado el ámbito de aplicación del término) la relación de violencia es algo intrínseco y propio a la noción misma de género, y, más específicamente, a la relación entre el género masculino y el género femenino. Se trata de un término curioso, en cualquier caso, porque el concepto jurídico excluye los casos de violencia de un hombre hacia un hombre o de una mujer hacia un mujer dentro del seno de la pareja. Es decir, se trata de una concepción esencialista del género específicamente en referencia a las relaciones entre los géneros.

Pero, independientemente de los casos que no excluye, lo que me parece más grave sobre la metanarrativa de la violencia de género es cómo simplifica una situación terrible que suele llevar a la devastación de las vidas de todos los que participan en ella. Aplicar el esquema de hombre=verdugo=culpable y mujer=víctima=inocente elimina las complejidades psíquicas y emocionales del problema de un modo que tiene serias consecuencias. De hecho, creo que el hecho de que el problema no mejore se debe en buena parte al discurso social y mediático que genera esta metanarrativa. Pues, por un lado, obvia el hecho de que en la mayoría de los casos hay algo que, de modo más o menos inconsciente, lleva a una mujer a soportar o incluso buscar el maltrato: la falta de amor propio, la culpa, el masoquismo, un deseo inconsciente de castigo, etc. Por otro lado, elimina la agencia de la maltratada y la responsabilidad con respecto a su propia vida: lo cual creo que forma parte de una tendencia bastante general a victimizar e infantilizar a la mujer por parte de las propias mujeres (esto es, asociaciones feministas, organizaciones para la igualdad, etc.). Finalmente, creo que no contempla los casos en que la violencia es compartida o incluso deseada (“si me pega es que me quiere”, “amores reñidos son los más queridos”, y delirios similares.)

Y la demostración de que la violencia de género tal como la he definido es actualmente una metanarrativa de peso en la sociedad española la dan, como de costumbre, los medios.

Ejemplo A. – El caso de Jesús Neira (que rompió varias metanarrativas a la vez). Jesús Neira intervino en una discusión entre Antonio Puertas, un drogadicto de clase alta, y su pareja Violeta Santander, para proteger a Santander, que estaba siendo físicamente agredida e insultada en público por Puertas. Puertas atacó a Neira por la espalda y le dejó en coma varias semanas – coma del que Neira salió con serias secuelas físicas. Santander defendió en todo momento a Puertas, afirmando que su pareja no era un maltratador y que Neira “se metió donde no le llamaban”. Las reacciones de los medios ante las declaraciones de Santander fueron de un escándalo e indignación extremos hacia alguien que se negaba a ocupar el papel de víctima maltratada en los términos que dicta la metanarrativa. Irónicamente, alguien que (desde lo que debo aclarar que considero una posición extremadamente enferma) cuestionaba un dogma feminista resultaba inesperada y profundamente subversiva con respecto al statu quo.

Ejemplo B. – Una pareja de participantes en un reality show acaban llegando a las manos en una de sus frecuentes discusiones y son expulsados. Resulta evidente la incomodidad y desazón de los responsables del programa frente a la evidencia de una mujer que inicia los ataques físicos contra su pareja (abofeteándole y golpeándole con una toalla), que le insulta a él y a su madre en términos tradicionalmente machistas, y que da la excusa de sus celos y de “yo tengo un carácter fuerte y él tiene un carácter débil y quería provocarle para sentir que me quiere”.

El problema de fundar la “violencia de género” sobre la “desigualdad y las relaciones de poder de los hombres sobre las mujeres” es que asume que esta desigualdad y relación de poder (supuestamente universales) son intrínsecas, o el resultado de factores económicos y sociales sobre los cuales el individuo no tiene poder alguno (aunque, pese a ello, se considera que los hombres sí son culpables). Se trata de un modelo que priva a los individuos (tanto hombres como mujeres) de capacidad de acción, de responsabilidad y poder sobre sus propias vidas, y que define las relaciones entre hombres y mujeres en términos de una potencial violencia, siempre subyacente, debido a la naturaleza misma de la masculinidad y la feminidad. Cualquier punto de vista o historia que cuestione o contradiga esta metanarrativa resulta inmediatamente escandalosa y objeto de hostilidad; exactamente del mismo modo en que, hace ya tiempo, ciertas actitudes hacia la sexualidad y la maternidad violaban la metanarrativa sobre lo que una mujer debía desear y eran objeto de idéntico rechazo y supresión. (Por eso creo que, en la medida en que ignora y distorsiona la complejidad de la realidad, la metanarrativa de la violencia de género es tan dañina para las mujeres como la metanarrativa de la “madre natural” que ve todas sus aspiraciones colmadas en sus hijos y no quiere trabajar, etc.)

Y por eso tiendo a ver las narrativas en general con cierto recelo (y confieso que tiendo a preferir otros modos de conceptualizar la realidad). Es cierto que son útiles y atractivas e intuitivas y nos ayudan a conceptualizar el mundo con mayor facilidad. Pero esta misma facilidad lleva al riesgo de una excesiva comodidad, de ver una narrativa como la única narrativa, excluyendo historias y puntos de vista que no encajan con ella. En el caso de la violencia de género, esto tiene consecuencias muy graves porque, al atribuir culpa a una parte; victimizar y privar de agencia a la otra; y enunciar la situación no en términos que guarden alguna relación con la subjetividad de los participantes sino en términos de una supuesta esencia de la masculinidad y la feminidad, la situación se conceptualiza de un modo que no permite identificar las causas reales del problema y así darle solución.

Las historias son necesarias, y puede que las narrativas también. Pero deben tener la suficiente flexibilidad para permitir que existan otras historias y otras narrativas, no necesariamente compatibles con ellas. Y me parece que en último término no bastan para capturar la realidad e intervenir sobre ella, sino que sólo pueden funcionar como apoyo y refuerzo de estructuras más puramente simbólicas. Porque, a fin de cuentas, contar historias no es más que contar historias.

5 comentarios to “Narrativas maestras: la violencia de género”

  1. Vaya, qué tema más peliagudo. Estoy totalmente de acuerdo en que hay algo en el modo en que lo tratan los medios de comunicación, tanto los independientes como los que dependen de la administración, que chirría y que incluso puede estar dificultando que se consiga el objetivo: que haya menos violencia y menos muertes de mujeres a manos de hombres, que hay bastantes. Infantilismo, simplificación, no sé, algo. No he dado con qué puede ser, aunque cierto es que no he pensado en ello tanto como tú.
    Ahora bien, creo que la “historia oficial” no es exactamente la de la mujer sometida y el hombre verdugo. Los casos a los que más relevancia se da en los medios son aquellos en los que la mujer es maltratada o incluso asesinada por su expareja después de una ruptura, que el hombre no acepta. Es como un castigo a la mujer que se rebela contra la situación de desigualdad inicial, que se denuncia como injusta desde el principio. Pero la relación desigual no nace de la condición masculina y femenina según este discurso, sino que es un producto histórico que de hecho reprime la verdadera esencia de la mujer, y que puede superarse a través de la ampliación a la mujer de los derechos (escritos y no escritos) que antes tenía en exclusiva el hombre, una vez superada la etapa en la que la mujer estaba dedicada al cuidado de los hijos, la casa y los mayores.
    A mí todo lo anterior me parece lógico y razonable, pero sigo sin poder poner el dedo en la llaga de qué es lo que falla en la política en este ámbito.
    Respecto al asunto de la responsabilidad individual del maltratador y el grado de influencia de su entorno social, los factores que determinan su psicología y demás, esto que yo sepa no tiene respuesta definitiva y verificable. Llevamos milenios dándole vueltas al tema. Sería interesante ver estadísticas de casos de violencia de género por clase social, nivel de estudios, de ingresos… Aunque siempre habrá que preguntarse con qué criterio se agrupan los casos de violencia de género y cuáles se quedan fuera y por qué.

  2. [...] del post del otro día sobre mi desconfianza con respecto a la narrativa, me han preguntado [...]

  3. [...] he hablado antes de este tema en referencia a la violencia de género, pero hoy quisiera hacerlo sobre algo aparentemente más trivial, a saber, la estética. El tema me [...]

  4. Hola, estoy estudiando violencia de género, narrativas dominantes/maestras y contra-narrativas en Brasil y me encantó lo que escribes! Es muy semejante a lo que veo en mi investigación. ¿Me puedes recomendar otras referencias bibliográficas? Por aqui hay pocas investigaciones que relacionan estos temas…

    • Hola, Marisa. Me alegro de que te haya gustado el post. Realmente no tengo mucho conocimiento sobre este tema, y de hecho creo que el discurso dominante en España – tanto académicamente como en los medios – es mucho más “feminista ortodoxo”.

      En el ámbito anglosajón, conozco algunas feministas que son críticas con la concepción del feminismo desde la victimización de la mujer, como Camille Paglia o Katie Roiphe, pero creo que posiblemente “Heterophobia“, de Daphne Patai, te puede resultar útil.

      Sobre el tema del discurso dominante, tal vez este artículo de la Wikipedia sea un buen lugar para comenzar.

      Espero que esto te sea de ayuda. ¡Gracias y buena suerte!

Deje un comentario